jueves, 22 de julio de 2010

1910, año del asedio al Perú (*)

Escribe: Luís Siabala Valer



PRESIDENTE DEL PERÚ, DON AUGUSTO B. LEGUÍA SALCEDO
(Periodo de 1908-1912)


Se cumplen cien años cuando Ecuador, Colombia y Bolivia prepararon ataques al Perú concertados y asistidos por La Moneda

Entre 1903 y1911 se produjo la máxima tensión internacional entre el Perú y sus países vecinos. Sería julio de 1910 la cúspide de aquella.

Para el final del gobierno de don José Pardo Barreda en 1908, cuyo empuje al frente del civilismo había conseguido, entre otras importantes tareas, la de continuar el rearme iniciado por don Nicolás de Piérola, quien trajo la primera misión francesa al mando del coronel Dogni, además la construcción de la Escuela Militar de Chorrillos sobre la base de la antigua Escuela de Cabos.

Pardo, decíamos, había emprendido una vigorosa política del fomento de la defensa nacional; además de renovar el contrato a la misión militar francesa; dotó al Estado Mayor del Ejército de los servicios de topografía y de ingenieros, además el de inspección de armas. Se crearon los cuerpos de artillería de campaña y de artillería de costa, los servicios de remonta; se instaló la fábrica de municiones por concesionario en Lima de la firma Ober Monteur Deutshe Waffen und Munitionsfabriken, con sede principal en Karlsruhe, Alemania; la adquisición del moderno fusil Máuser 1910, modelo peruano; fue construido el arsenal de guerra; la adquisición de considerable material de guerra, en especial artillería de campaña, de costa y de montaña; se fortificó el puerto del Callao con piezas de costa Armstrong de 240 mm (Batería Ugarte); se dotó a los regimientos de artillería con piezas Schneider Canet de 110 mm. Para ello, el 5 de abril de 1904 estableció la Intendencia General de Guerra, bajo gestión del Ministro, general Pedro E, Muñiz.

La escuadra, hasta entonces al servicio de naves en mal estado, de las cuales destacaba el crucero Lima, de 1880 y los transportes Constitución, de 1886 y Chalaco, 1884, recibió en 1904 el transporte Iquitos y en 1907 los cruceros Almirante Grau y Coronel Bolognesi que se mando construir en los astilleros Vickers de Inglaterra en 1906 que constituyen hasta ahora elementos de grata recordación para quien suscribe este artículo y los de la generación de 1938.

Mientras esto ocurría, se asistía por entonces, a una reclamación diplomática por las provincias de Tacna y Arica en poder de los chilenos y el esfuerzo tenaz de la cancillería del sur de alargar más los plazos para llevar en ellas el plebiscito que se acordó en 1884, urgida por el Artículo tercero del Tratado de Ancón, que reza:

Artículo tercero.- El territorio de las provincias de Tacna y Arica, que limita por el norte con el río Sama, desde su nacimiento en las cordilleras limítrofes con Bolivia, hasta su desembocadura en el mar, por el sur, con la quebrada y río de Camarones, por el oriente con la República de Bolivia, y por el poniente con el mar Pacífico, continuará poseído por Chile y sujeto a la legislación y autoridades chilenas, durante el término de diez años, contados desde que se ratifique el presente tratado de paz. Expirado este plazo, un plebiscito decidirá, con votación popular, si el territorio de las provincias referidas queda definitivamente del dominio y soberanía de Chile, o si continúa siendo parte del territorio peruano. Aquel de los dos países a cuyo favor queden anexadas las provincias de Tacna y Arica, pagará al otro diez millones de pesos moneda chilena de plata, o soles peruanos de igual ley y peso de aquella.

Un protocolo especial, que se considerará como parte integrante del presente tratado, establecerá la forma en la que el plebiscito deba tener lugar y los términos y plazos en que hayan de pagarse los diez millones por el país que quede dueño de las provincias de Tacna y Arica.


El plazo había vencido en 1893 y Chile había logrado, mediante maniobras, una prórroga. Pese a eso estaba en desventaja pues la población peruana potencialmente resultaba superior a la chilena y desde luego el plebiscito no sería favorable a los intereses del invasor. Esta preocupación para los ocupantes necesitaba de alguna solución y había que buscarla.

Pero la llegada al gobierno de don Augusto B. Leguía Salcedo, en el período de 1908 a 1912 y con él la del distinguido letrado Melitón Porras Osores, el asunto tornó distinto. Nuestro canciller, sumaba a su natural inteligente y sagaz el orgullo de haber servido y batido en la batalla de Miraflores, a la par de que quien lo había convocado a su gabinete para el difícil cargo de ministro de RR. EE., el señor Leguía, igualmente ex soldado de la Reserva.

Leguía había sido exitoso ministro de hacienda durante los gobiernos de Manuel Candamo Iriarte y José Pardo y Barreda. Estaba al tanto de la economía y de los intereses nacionales.

A las reclamaciones diplomáticas dejadas por su predecesor se suman ahora las de tono enérgico, y en paralelo, la clara disposición del gobierno de recuperar las provincias cautivas donde, en previsión de acumular votación favorable los esfuerzos de los chilenos estaban abocados a la expulsión de la población peruana y la migración de chilenos en su reemplazo.

Un fervor nacional despertado por la contundente pluma de don Manuel González Prada inclinaba la conducta política por el revanchismo y la reconquista de los territorios ocupados, era el escritor peruano émulo circunstancial de Georges Clemenceau quien clama por la vengeance, después de la derrota sufrida por Francia por los ejércitos alemanes en los campos de Sedán en 1871.

El revanchismo se presentaba en el ánimo del gobierno peruano y Leguía continuó resuelto en su campaña pese al parecer de una minoría de la oposición, sesgada por mezquinos intereses personales, como siempre ha ocurrido.

Las autoridades chilenas, apoyadas en sus tropas, consideran que para frenar aquello sería útil una política de dura administración que debían ejercen los intendentes. Más tarde deciden la contratación de los mazorqueros, delincuentes licenciados de las cárceles para persuadir a golpes la salida de los peruanos o de ser necesario causarles daño en sus propiedades y hasta privarles de la vida. Paulatinamente se produjo por esta acción la expulsión de la población nativa. Era el período que la historia conoce como el iniciación de la chilenización de Tacna, Arica y Tarapacá, virulencia que toma fuerza a partir de 1916.

La expulsión de los sacerdotes peruanos para reemplazarlos por chilenos en aquellas provincias, a las que se incluye Tarata agregada manu militari, y el llamado incidente de la corona exacerban los ánimos de los dos pueblos que desde 1879, esto es treinta y un años atrás, habían peleado una desigual contienda. La prensa abona por ambas partes caldeando esta situación. Los disturbios frente a las embajadas en Santiago y en Lima son frecuentes.

La cancillería de Chile encuentra entonces muy oportuno usar de la situación del momento que planteaban los vecinos del Perú y se mueve diplomáticamente en aquellos delicados asuntos de frontera planteados por el Brasil, Ecuador y Colombia como parte de la estrategia para frenar o amenguar la política de la cancillería peruana decidida y pertinaz.

La situación de disputa fronteriza, rezago de la colonia, por la que se crearon a costa del virreinato del Perú nuevos países, estaba impulsada principalmente con arreglo a esta coyuntura de momento que sería altamente explotada por la cancillería a orillas del Mapocho:

Con el Brasil, pese a que ese estado había sido una colonia portuguesa regido con las colonias españolas por el tratado de San Idelfonso, dio origen al avance de sus bandeirantes (exploradores) o shiringueros (buscadores del caucho o shiringa) en territorio peruano, desguarnecido y abandonado de toda autoridad, avance que lo introdujo con facilidad en espacios considerables de la selva peruana, sistemáticamente, pero de forma continua por la que se introducen los brasileños en los vastos territorios de nuestras selvas que apuntaba llegar hasta las propias márgenes del Ucayali.

Don Melitón Porras actuó de acuerdo a las circunstancias:

El martes 11 de enero de 1910 consiguió que el Congreso aprobara, por 95 votos contra 15, el Tratado de Límites con el Brasil, suscrito en Petrópolis el 8 de diciembre de 1909, por el plenipotenciario peruano en Río de Janeiro, señor Velarde y el canciller brasileño barón de Río Branco (Tratado Velarde-Río Branco) De esta forma, delimitadas las fronteras del Este cesó definitivamente toda pretensión brasileña.

Este frente quedó resuelto y la contrariedad de la causa chilena quedó manifiesta conforme se puede conocer de El Diario Ilustrado, de Santiago, que comentó el hecho de la siguiente forma:

(…) El Brasil ha aprovechado hábilmente la situación de ánimo creada en el Perú por la cuestión de Tacna y Arica, incrementando su territorio sin gastar pólvora ni dinero (…)

Con el Ecuador, estado sudamericano formado por la disolución de la Gran Colombia en 1830, cuya frontera con el Perú estaba fijada en los límites naturales de las altas cumbres de los Andes, es decir mediante una limitación arcifinia, para 1910 anhelaba salir al Amazonas, alegando derechos coloniales insolventes. La situación tenía soliviantado el ánimo de la población ecuatoriana durante el gobierno del malogrado presidente general José Eloy Alfaro Delgado, quien había declarado su deseo de ir a la guerra y acudir en persona a la frontera del Perú, en especial con el resultado que se anticipaba del laudo de España a favor del Perú. Cosa que no era exactamente la que se iba a producir, pero que el Ecuador en inteligencia con Chile había especulado y con ello provocado un estado de guerra inminente.

Claro que para ello era necesario e imperioso atender el ofrecimiento de la misión militar chilena y la cesión de dos naves de guerra, amén de la compra de cuantioso pertrecho de aquella república del sur para medirse con su vecino de siempre.

Una fuente de origen chilena consigna esta glosa con elación a la crisis de 1910:

La pequeña fuerza naval entró en febril actividad, ante el peligro de un conflicto bélico con el Perú, por el fracaso del arbitraje del Rey de España.

Las maniobras internacionales, principalmente de Colombia, llevaron al Ecuador a desconocer el Laudo Real, aún antes de ser promulgado, pues se sospechaba que iba a ser contrario a las aspiraciones del Ecuador. El grito “Tumbes, Marañón o la Guerra” levantó el espíritu nacional y el País entero se dispuso a tomar las armas en defensa de sus derechos. La nación se movilizó, se compraron armas modernas, se fortificaron las fronteras meridionales y toda la población aceptó el estado de guerra. Lógicamente la provincia de El Oro iba a ser el eje de concentración de tropas, pero carecía de vías de comunicación en forma casi absoluta. Cómo sostener una guerra en la frontera sur, en tales circunstancias? Quedaba, naturalmente, la vía marítima, era y por lo mismo, la hora de la Armada.

Chile vendió gran cantidad de armas de todo calibre, que fueron embarcadas en el vapor Mayuin en 731 bultos en febrero de 1910. Estas compras, indudablemente costosas, sirvieron para fortalecer la defensa y equipar al Ejército y a la Marina.

Punta de Piedra fue convertida en Batería de Costa. Se completaron sus fortificaciones con ocho cañones Armstrong de 120 milímetros en emplazamientos distribuidos en la colina Punta de Piedra y Cerro Atahualpa que dominaban el río, además de otros cañones de menor calibre. Se pensó también en una segunda batería en el Estero Salado, con los cañones descartados y que resultaban muy pesados para desplazarlos a otros frentes.

Los buques fueron alistados para cualquier eventualidad, sobretodo para el transporte de tropas y servicio logístico. El cazatorpedero Bolívar (ex Simpson) debía estar con sus calderas a presión y listo para zarpar en cuarto de hora, para trasladar al Presidente Alfaro al frente de la Batalla en El Oro. Efectivamente, el Presidente Alfaro se trasladó al Oro para dirigir las tropas al viejo estilo guerrillero.

(…) Coincidió esta etapa con la presencia en el Ecuador, como ya se dijo, de la Misión Chilena, encabezada en su sección naval, por el Capitán de Navío Rubén Morales. La primera preocupación de la Armada y de la Misión Chilena fue la formación de oficiales y tripulantes por medio de institutos serios y permanentes, que debían reemplazar a los “cursos prácticos” de cadetes y tripulantes, a bordo de los buques. Paralelamente a este proyecto, estaba la formación de especialistas e Ingenieros Navales. Para ello se tenía ya la base fortificada de Punta de Piedra, que se incrementó con una Escuela de Grumetes y la Escuela de Especialistas de Artillería, Minas y Torpedos (…)


Sin embargo, para el partido conservador el acendrado laicismo del general Eloy Alfaro Delgado, un militar declarado anticlerical provocará un trágico desenlace.

Esta es la crónica de su actividad que culminó con su encarcelamiento, linchamiento, vejación de su cadáver e incineración por sus enemigos:

1907 Ene. 1.- Eloy Alfaro es nombrado Presidente de la República por la Asamblea Constituyente.

1908 Jun. 25.- Inauguración del ferrocarril entre Guayaquil y Quito. Nov. 6.- Se expide la "Ley de las manos muertas", bajo la cual se confiscan los bienes inmuebles del clero para el beneficio de la asistencia pública.

1910 Abr. 24.- Alfaro asume la Jefatura del Ejército para fortificar el golfo de Guayaquil en caso de una invasión peruana. La intervención diplomática de Estados Unidos, Argentina, y Brasil evita la guerra.

1911 Jul. 30.- La Junta Patriótica pide que el gobierno de Alfaro reconozca la elección de Emilio Estrada como Presidente. Ago. 11.- Alfaro renuncia por revuelta popular; el Presidente del Congreso, Carlos Freile Zaldumbide es encargado del Poder. Sep. 1.- Emilio Estrada Carmona asume el poder como Presidente Constitucional; no hubo Vicepresidente. Dic. 21.- Estrada fallece de ataque cardíaco. Dic. 22.- Carlos Freile Zaldumbide es otra vez encargado del Poder.

1912 Ene. 12.- Eloy Alfaro desembarca en Guayaquil. Ene. 28.- Por orden de Freile, los Alfaro, Páez, Serrano y el periodista Luciano Coral son puestos en el Penal García Moreno en Quito. El gobierno no protege a los prisioneros alfaristas de una "chusma organizada" que invade el Penal García Moreno, asesina a los detenidos, los arrastra por las calles de Quito y quema los cadáveres en el Ejido.

Corolario de esto es el rechazo a la ingerencia de Chile, tan amigo de Eloy Alfaro, en los asuntos militares que había logrado influir y se vota por la expulsión de algunos miembros conspicuos de aquella misión.

Con relación a este punto se introduce lo expresado por el escritor chileno, diplomático de carrera, señor Manuel Barros van Buren, en su conceptuosa obra Historia diplomática de Chile, 1541-1938. 1970. Ediciones Ariel, Esplugas de Llobregat, Barcelona, España:

La amistad entre Chile y Ecuador, fortalecida a través de los años, grata a la psicología de ambos pueblos y estimulada por un activo intercambio cultural, había pasado a ocupar un lugar preponderante en la atención de la Cancillería chilena. A esto contribuían diversos elementos, además de los ya nombrados: la necesidad de crearle al Perú un frente de retaguardia en el caso de que la tensión existente no derivara hacia aguas mansas; la presencia en Ecuador, a partir de 1908, de una misión militar, una misión naval, una misión pedagógica, una policial y otra de aduanas y un considerable número de becarios ecuatorianos en Chile; los intereses generales del Pacífico, en los que Ecuador ocupaba un lugar determinante por la posesión de las islas Galápagos, y el puerto de Guayaquil.

Como ya vimos en los capítulos precedentes, servía nuestra misión en Quito don Víctor Eastman Cox, diplomático de carrera, bastamente vinculado a la sociedad serrana por su matrimonio y relaciones personales, y un hombre de gran ambiente político y popular. A cargo de las misiones especiales estaban el teniente coronel Luis Cabrera, el capitán de corbeta señor Stone, el capitán de policía don Alejandro Jaramillo y el asesor pedagógico don Francisco San Cristóbal. Todo este pequeño mundo de técnicos hacía de la Legación de Chile el epicentro de una importante actividad política que si, por un lado, halagó ampliamente nuestra satisfacción, por otro fue un quebradero de cabeza verdaderamente serio para la Cancillería de Santiago.

A partir de 1895 ocupaba la presidencia del país un entrañable amigo de Chile: el general Eloy Alfaro. La amistad entre Alfaro e Eastman allanó muchos problemas, casi todos derivados del conflicto que Ecuador mantenía con el Perú y en el cual sus perspectivas no eran promisorias. Como recordaremos, el fallo del perito español señor Menéndez Pelayo no le había sido favorable. La resolución de S. M. Alfonso XIII de no conocer el asunto produjo cierto alivio en Quito, pero es evidente que su causa se había debilitado en América y que la sentencia del perito había producido en el Perú la resolución de exigir el cumplimiento del fallo por sobre toda otra consideración. Por otra parte, Colombia, al iniciar sus conversaciones con Lima sobre el condominio del río Amazonas, había dejado totalmente de lado al Ecuador y la Cancillería de Quito no cabía en sí de indignación.

Los diplomáticos ecuatorianos aconsejaron a Alfaro buscar una alianza estrecha con Chile que consultara un convenio militar, un sistema de consultas y una integración económica. Mientras Chile estudiaba las proposiciones parciales que hizo en Santiago el ministro señor Rafael Elizalde, la diplomacia peruana atacó a fondo, exigiendo un pronunciamiento de la comisión de neutrales. Después de muchas discusiones, éstos lograron exigir el retroceso de la línea militar a una distancia que impedía un peligro inmediato de guerra, pero no la animosidad de los bandos.

En 1910, Chile sugirió a Alfaro llevar el asunto a la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya y, mientras tanto, buscar un arreglo directo con los peruanos sobre la base de partir el Oriente Amazónico en dos. La Chancillería ecuatoriana resolvió, entonces, llevar el caso al Congreso Bolivariano de 1911, y ya veremos en el próximo párrafo los resultados de esta gestión.

Mientras la actividad diplomática apresuraba su ritmo, los sucesos políticos se precipitaban en Ecuador. Alfaro, en pugna con las fuerzas católicas y abandonado por los principales caudillos del partido liberal, del cual era "el viejo luchador", debió enfrentar una revolución que lo derribó del poder. El depuesto presidente buscó asilo político en la Legación de Chile. Eastman obtuvo del nuevo gobierno que se le concediera un pasaporte para marchar a Panamá.

En enero de 1912, el general Pedro Montera se sublevó en Guayaquil con la intención de reponer a Alfaro. Don Eloy, seducido por los llamados de su sobrino Flavio, vino a su patria a ponerse al frente do las fuerzas liberales. Pero la suerte le fue adversa. Abandonado por los suyos, derrotadas sus tropas, sentenciado por el gobierno, fue llevado a Quito, donde una soldadesca incontrolada asaltó la cárcel y lo mató. El populacho arrastró su cuerpo por la ciudad hasta el campo del Egido, donde lo quemaron. Con el murieron seis de sus colaboradores.

La situación de Chile estaba destinada a correr la suerte del presidente muerto, a cuya amistad estaba tan íntimamente unido. En efecto, los triunfadores de la revolución comenzaron por acosar al ministro Eastman de todo género de desaires. El diario El Guante, de propiedad del señor Manuel J. Calle, inició una campaña de injurias y calumnias en contra del teniente coronel Cabrera. A los chilenos, en general, de les acusó de “sayones de Alfaro”, “imperialistas coludidos con el Perú” y otras especies.

El ministro del Interior, señor Intriago, llegó a aconsejar al jefe revolucionario, general Freile Zaldumbide, romper relaciones con Chile. La Cancillería, dirigida por Alfredo Baquerizo Moreno, se opuso.

Cuando Chile estaba ya resuelto a retirar a su ministro en Quito y a sus cinco misiones técnicas, ocupó el poder el general Leonidas Plaza, hombre de gran rectitud y sensatez. Comprendiendo que todo el encono provenía de la amistad de Eastman con el depuesto presidente, creyó neutralizarla otorgando al ministro de Chile el mismo grado de simpatía de que gozaba antes. Y para acallar a sus partidarios dejó sacrificar a Cabrera como víctima propiciatoria.

(…) (…)

El regreso de Plaza a Quito normalizó nuevamente las relaciones entre los dos países. Toda la política exterior del Ecuador tendió a obtener de Chile una alianza militar estrecha contra el Perú. (…)


La guerra se detuvo y fracasa así el plan chileno, pero es el caso que el Ecuador confiado en el apoyo de Chile estuvo a punto de desencadenar la guerra en 1910. Pero el Perú movilizó 23 mil soldados en la frontera norte al mando del general Enrique Varela Pozo, veterano de Tarapacá e hijo del coronel Marcelino Varela uno de los capitanes de Bolognesi.

Pero ante la inminencia de la guerra y por iniciativa del Brasil, sin solicitud de las partes en litigio, Estados Unidos, Brasil y Argentina mediaron de conjunto (22 de mayo de 1810). Fue la primera vez, dice el historiador Jorge Basadre, en que se llevó a la práctica la Convención de La Haya.

Ambos estados retiraron sus fuerzas de sus fronteras. El Perú aceptó la propuesta de los mediadores, hizo resaltar sin embargo en beneficio del Real árbitro un nuevo testimonio de respeto. El Ecuador invitó al Perú a un arreglo directo en la que Colombia tuviese participación.

Se desguarnecieron las avanzadas ecuatorianas y peruanas de sus posiciones en las márgenes del río Zarumilla y reconcentraron sus fuerzas en Machala y Tumbes, respectivamente. Poco tiempo después los mediadores obtuvieron la desmovilización de los antagonistas.

Con Bolivia, –el antiguo Alto Perú- separado de Perú en 1825 por acción de Sucre atendiendo los deseos de Bolívar, ahora por acción de la guerra del salitre resultaba mediterránea. Pedía y disponía, sin embargo, como suyos territorios del noreste peruano; como consecuencia de esto se produjo el combate de Guayabal a orillas del Manuripe (Madre de Dios) en 1910 contra un destacamento boliviano.

Para ese año, Chile tenía ya suscrita la terminación del llamado Pacto de Tregua con Bolivia y conseguida la suscripción, canje y aprobación del llamado Tratado de Paz y Amistad entre Chile y Bolivia, firmado en Santiago, el 20 de Octubre de 1904, que restablecían las relaciones de paz y amistad y terminaba el Pacto de tregua, sobre la base de las siguientes consideraciones que se resumen:

Que la finalidad de las relaciones comerciales de ambos estados es convenir en la construcción de un FFCC entre Arica y el Alto, en La Paz cuya propiedad se traspasará a Bolivia al expirar el plazo de quince años, contados desde su terminación. Que Chile asume el compromiso de pagar las obligaciones de Bolivia hasta por cinco por ciento de otras líneas ferrocarrileras dentro del plazo de treinta años dentro del territorio boliviano.

La entrega al Gobierno de Bolivia de la cantidad de trescientas mil libras esterlinas en dinero efectivo y en dos parcialidades de ciento cincuenta mil libras. La cancelación definitiva de los créditos reconocidos por Bolivia, por indemnizaciones la suma de cuatro millones quinientos mil pesos, oro de diez y ocho peniques, pagadera, a opción de su Gobierno, en dinero efectivo o en bonos de su deuda externa estimados al precio que tengan en Londres el día en que se verifique el pago; y la cantidad de dos millones de pesos, oro de diez y ocho peniques, pagadera en la misma forma que la anterior.

El reconocimiento de Chile en favor de la de Bolivia y a perpetuidad, el más amplio y libre derecho de tránsito comercial por su territorio y puertos del Pacífico. Finalmente, someter las cuestiones a suscitarse al arbitraje de Su Majestad el Emperador de Alemania.

El hecho jurídico que resulta del manifiesto Artículo III, de construir un ferrocarril de Arica a La Paz, es decir por territorio peruano y el más amplio tránsito boliviano por él mortifica el espíritu peruano.

Sin embargo, este tratado de 1904 no sólo puso fin al Pacto de Tregua firmado en 1884 y estableció definitivamente los límites entre las repúblicas de Bolivia y Chile, sino que el antiguo Alto Perú quedó desde entonces condenado a la mediterraneidad confinado por los Andes.

Bolivia, después de haber recibido del Chile en 1904 pago por sus conquistados territorios de Atacama, meditaba ahora su enclaustramiento y movido por la diplomacia chilena anhelaba en 1910 una salida al mar por Ilo.

Aun así, en el escenario internacional, para Chile quedaba pendiente con el Perú un plebiscito, que de efectuarse, le resultaría adverso. Para 1925 la cancillería chilena aún diría:

“No hay expectativa de éxito, pues el número de votantes que podemos presentar es inferior al de los peruanos por más que los tachemos en serie y, además, porque dado el sistema de los norteamericanos para agotar los medios de prueba, Chile corre el riesgo de quedar en absoluta minoría”

(Canciller de Chile, Agustín Edwards – 20 OCT 1925).


Durante el gobierno de José Pardo se había ajustado con Bolivia, a la sazón gobernada por el general Ismael Montes, el acuerdo suscrito el 22 de septiembre de 1902, ente el canciller peruano, señor Felipe de Osma y su par boliviano, señor Eliodoro Villazón, cuya decisión se confió a la República Argentina, gobierno que el 8 de de agosto de 1909 expide el fallo arbitral, aceptado por el Perú, pese a que la demanda peruana no había sido íntegramente satisfecha, mas no así Bolivia que rompió relaciones con la Argentina y pidió la guerra contra el Perú.

Inmediatamente, la cancillería chilena exhorta a Bolivia a invadir Puno y Moquegua para lograr una salida soberana por Ilo:

"Perú sigue enviando tropas a su frontera norte. Es la ocasión de realizar el ideal de nuestra salida al mar. Chile nos garantiza la victoria, nos da dinero, armas y gente. Nos proporciona la ayuda del Ecuador, del Brasil y la neutralidad de Argentina. Es la ocasión más preciosa de nuestra historia. Chile no pide nada, sólo quiere terminar la cuestión de las cautivas dejando de ser vecino del Perú. Llegará hasta garantizar la estabilidad de nuestro puerto. Ruego indicar inmediatamente si necesita un millón de libras o más, si puede dar por garantía alguna entrada aduanera, saludos. (Luis Arce – Canciller boliviano / Telegrama 19 JUL 1909”.

Entusiasmado, Ismael Montes acepta la confabulación:

“Necesitamos 15,000 fusiles con 15 millones de tiros; 24 ametralladoras; 30 piezas de artillería con respectiva munición, más 300 caballos ensillados y 200 mulas. Si todos estos elementos nos los proporciona ese gobierno, deberán embarcarlos inmediatamente con destino a Antofagasta. Además, necesitamos un millón de libras para desarrollar una campaña larga. Respecto a personal de jefes y oficiales que hemos de necesitar, irán indicaciones posteriores – (Presidencia de Bolivia / Telegrama 22 JUL 1909”.

La sangre no llegó al río y la cancillería peruana consiguió la vigencia del tratado Osma-Villazón, suscrito en diciembre de 1902. Nueva frustración de los planes de La Moneda.

Con Colombia, igualmente segregada de la Gran Colombia, en 1829, después de la revolución de Páez contra Bolívar alegaba derechos en el Caquetá y el Putumayo, animada con el alegato de los graves sucesos de explotación de The Peruvian Corporation y la firma Arana en la persona de nativos y ciudadanos colombianos explotados y maltratados en la extracción del caucho por lo que moviliza tropas, asunto que provocó también la movilización del Perú por los territorios del Potué o Caquetá, que dio origen al encuentro de La Pedrera (río Caquetá) en 1911 contra un batallón colombiano y la captura de su estado mayor.

Para el caso resulta importante considerar, dentro de estas circunstancias, la misión militar chilena llegada a Colombia para formar la escuela militar.

Con relación a estos asuntos viene al caso lo siguiente:

El desempeño de las misiones militares chilenas en Ecuador motivó a Colombia a solicitar asistencia de oficiales del Ejército de Chile para iniciar su propio proceso de reforma militar. También surgía esta necesidad de profesionalización de la complicada situación en que quedó Colombia con la segregación de Panamá y las guerras internas provocadas por el conflicto entre liberales y conservadores.

En 1899 estalló la llamada Guerra de los Mil Días, producto de un conflicto político interno que dejó al país en una situación realmente lamentable. Calmado ya el estado beligerante, ascendió al poder el general Rafael Reyes Prieto, en 1904, quien manifestaba una gran preocupación por la situación militar de Colombia y por la incapacidad del Ejército de mantenerlo en el poder ante un eventual nuevo levantamiento golpista o revolucionario.

Coincidió que oficiaba entonces como ministro de Colombia en Ecuador, el General Rafael Uribe Uribe, quien había sido testigo del proceso de reforma militar quiteña quedando sorprendido con el dominio de la escuela prusiana por parte de los oficiales chilenos. Uribe había trabajado directamente como observador de las instrucciones, asesorado por el Capitán Ernesto Medina. En 1905, fue destinado a la representación de su patria en Chile, ocasión en que pudo confirmar sus impresiones sobre el prestigio y la profesionalidad del Ejército de Chile.

Desde aquel momento, Uribe se empeñó en convencer al Presidente Reyes de conducir la reforma militar en planes, con personal militar chileno y no alemán, como muchos sugerían. Así, en septiembre de 1905 publicó la Memoria sobre las Instrucciones Militares de Chile, un trabajo completísimo de investigación y recopilación, que terminaría de imponer la idea de profesionalizar al ejército colombiano bajo instrucción chilena. Al mes siguiente, salían los primeros envíos de cadetes para estudiar en la Escuela Militar de Santiago, entre los que figuraban dos hijos del propio Uribe. El Ejército de Chile también autorizó al Alférez de Caballería del Ejército de Colombia, José Manuel Izquierdo y Valdés, para ser incorporado en carácter de oficial extranjero en el Regimiento Cazadores del General Baquedano.

Hacia fines de 1905, el Gobierno de Colombia procedió a solicitar directamente el envío de oficiales chilenos para iniciar la instrucción. Por recomendación de Uribe, se requeriría también de asistencia para la fundación de la Escuela Naval.

En diciembre de 1906, quedó conformada la que sería la primera misión, escogida por el General Körner Henze. Los elegidos fueron el Capitán Arturo Ahumada y el Capitán Diego Guillén, recibiendo autorización para partir el 7 de enero del año siguiente. Se sumó a ellos el Teniente Primero Alberto Asmussen, para asumir la instrucción relativa a la que sería la Armada de Colombia y tomar la Dirección de la Escuela Naval.

La misión chilena se encontró de inmediato con el desafío de organizar la Escuela Militar, dirigirla e impartir las clases en ellas. También debieron correr con la necesidad de producir los reglamentos orgánicos y organizar el alto mando del Ejército, de la Inspección General y del Estado Mayor.

Considerando que esta misión se extendió por sólo dos años, la eficiencia con que logró iniciar esta titánica labor ha de ser ejemplar, al punto de que acercó ostensiblemente a ambos países a nivel diplomático, quizás como nunca antes había sucedido, considerando las diferencias que hubo entre Chile y el prócer Bolívar a inicios de la república, y luego por el apoyo de Colombia a la posición peruana durante la Guerra del Pacífico.

La segunda misión chilena llegó a Colombia en 1909, compuesta por el Capitán Francisco Javier Díaz Valderrama y el Mayor Pedro Charpín Vidal. Díaz permaneció en Bogotá hasta 1911, con actuación destacada. Charpín lo hizo hasta un año más, fundando el 1º de mayo de 1909 la Escuela Superior de Guerra de Colombia, que comenzó a impartir sus primeras clases en 1910. La caída del Presidente Reyes y el ascenso de Jorge Holguín al poder, en 1909, y luego de Ramón González Valencia, en 1910, no fueron obstáculo para la continuación del proceso de reforma militar instruido por los chilenos. De hecho, el desempeño de Capitán Díaz Valderrama fue tan reconocido que, una vez ascendido a General, fue contratado como asesor del Ministerio de Guerra durante el conflicto entre Colombia y Perú, en 1932.

La profunda reforma modernizadora de las fuerzas armadas de Colombia se completó con las misiones chilenas de 1912-1913 (Mayor Washington Montero, Capitán de Artillería Pedro Vignola y Capitán de Ingenieros Manuel Aguirre) y la de 1913-1914 (Mayor Carlos Sáez). En 1915, además, Colombia contrató a dos Capitanes chilenos (Ramón Álvarez Goldsack y Óscar Herrera Jarpa), para entregar instrucciones a los artilleros y crear la Escuela de Artillería.

Si bien algunos analistas militares colombianos no vieron grandes progresos en las misiones militares chilenas de 1907 a 1914, como es el caso de Diógenes Gil Mojica, para otros, como Eurípides Márquez, el resultado fue "una obra tan completa en tan corto tiempo" que se debería enteramente a "que los oficiales que fueron a Colombia.

Con Chile, que había conseguido alongar su territorio con las provincias de de Tacna, Tarata, Arica y Tarapacá y la riqueza del guano, borato y salitre que poseían estos territorios, quería conseguir la ventaja necesaria para una votación plebiscitaria favorable y quedarse con lo conquistado.

La Moneda, irritada por la actividad diplomática peruana, encontró en estas disputas la ocasión de exacerbarlas y consiguió, dado el prestigio alcanzado por sus armas en la Guerra del Salitre, colocar, conforme tenemos anotado, sendas misiones militares en Quito y Bogotá, las que iban a formar las escuelas o academias militares de esos países a la par que inducir mediante sagaces diplomáticos, muy de cerca en los asuntos externos de aquellos estados, en contra del Perú.

Era necesario aislar al Perú promoviendo la animadversión vecinal.

Cedemos nuevamente la palabra al diplomático chileno Manuel Barros van Buren en su obra citada:

Las relaciones con el Perú

La situación pendiente de Tacna y Arica había agriado seriamente las relaciones con nuestro vecino del norte. Los diversos esfuerzos realizados por Chile para llegar a una solución cordial, o habían muerto al nacer, o se habían esterilizado en el camino, ahogados por los intereses contrapuestos de ambas naciones, cuando no por los sentimientos exaltados de la opinión pública, tanto chilena como peruana. La expulsión de los párrocos de Tacna y el incidente de la placa de bronce al monumento a los caídos de 1879, en Lima, durante la administración de Montt, terminaron por sepultar las esperanzas aun de los más optimistas.

Don Ramón Barros y don Rafael Orrego estaban convencidos de que la presencia, cada vez más determinante, de don Guillermo Billinghurst en la política interna del Perú sería un alivio para esta tensión. Sin embargo, 1911 abrió con lamentables sucesos, fiel reflejo del estado de ánimo a que había llegado la odiosidad popular. En mayo de ese año, a raíz de unas publicaciones del diario peruano La Voz del Sur, subvencionado por el gobierno de Lima para mantener viva la llama de la peruanidad en Iquique, publicaciones que se estimaron ofensivas a nuestra marina de guerra, las pobladas asaltaron las prensas y las destruyeron. Mientras la policía y tropas de línea pugnaban, en medio de una refriega formidable, por mantener el orden, un grupo de exaltados se lanzó contra el Consulado del Perú y, arrancando el escudo, lo destruyó.

La gravedad de los hechos causó una indignación incontenible en Lima.

La Cancillería chilena se apresuró a presentar las excusas de rigor por intermedio de nuestro cónsul general, señor Munizaga. El gobierno peruano las aceptó en razón a los testimonios fidedignos de que las autoridades de Iquique habían hecho esfuerzos inauditos por resguardar los lugares amagados. Chile pagó la reparación de la imprenta rota y dio una satisfacción pública al cónsul del Perú en Iquique.

Pero todos estos esfuerzos conciliatorios no alcanzaron ni conmovieron a la opinión pública peruana. Una concentración de masas que reunió más de 30.000 personas desfiló bajo los balcones del palacio presidencial, donde el presidente, don Augusto Leguía, les dirigió un fogoso discurso, prometiendo hasta la última gota de su sangre a fin de vengar "los ultrajes do Iquique" y para recuperar "las cautivas provincias de Tarapacá, Tacna y Arica", En aquella oportunidad, la Liga Patriótica del Perú, formada casi exclusivamente por expatriados de estas provincias, le entregó al mandatario un acuerdo de honor por el cual 10.000 firmantes se comprometían a ir a pelear en la vanguardia de la próxima guerra con Chile.

Leguía no quiso dejar morir este espíritu tan promisor y, aunque en su fuero interno estaba decidido a arreglar el problema por las buenas, no vaciló en enviar al Congreso un proyecto para comprar el acorazado francés Depuis de Lome, en ese momento considerado como uno de los más poderosos del mundo. Simultáneamente, impartió órdenes a la división de Arequipa de efectuar una demostración de fuerza lo más cerca posible de la frontera.

Munizaga informó oportunamente de que tras toda esta pantalla bélica sólo estaban los anhelos de popularidad de Leguía. Que el acorazado francés no se adquiriría por falta de fondos y que la división de Arequipa sólo contaba con 5.000 hombres, armados insatisfactoriamente. Pero, en Chile el gobierno, alarmado por la exaltación patriótica de la prensa y Congreso, debió responder.

La Primera División, con sede en Tacna, reforzada con tropas del sur, acordonó la frontera del Sama en una de las maniobras más espectaculares de nuestra historia militar. Se concentraron 35,000 hombres bien armados y diez buques de guerra en la bahía de Arica. Observadores extranjeros más de 15 países fueron invitados. Los comentarios de la prensa europea sobre este despliegue de fuerzas son realmente elogiosos para Chile.

Como si estos sucesos no fuesen bastante, en marzo de 1912 se produjo el desdichado incidente del vapor Cóndor. Un grupo de marineros chilenos, de franco en El Callao, fueron atacados por una poblada. En la pelea que revistió caracteres de un verdadero combate, dos marineros chilenos y dos peruanos resultaron muertos, amén de una docena de heridos graves. La policía, alertada a tiempo, tomó el buen acuerdo de corres a proteger el Consulado de Chile, evitando así la repetición de los sucesos de Iquique. El gobierno peruano pagó una indemnización a los familiares, tanto chilenos como peruanos, a fin de dejar satisfechas las susceptibilidades patrióticas de ambos países.

Cuando todo parecía cerrado a un avenimiento, asumió el poder en Lima, en reemplazo de Leguía, don Guillermo Billinghurst, gran hombre público y buen amigo de nuestro país. Don Ramón Barros le envió una carta personal felicitándolo por su cargo y haciendo halagüeños augurios de paz y de concordia.

El 12 de noviembre de 19I2 se renovaban las relaciones entre ambos países, sin designarse, por el momento, representantes diplomáticos. El 18 de de noviembre del mismo año llegaba a Valparaíso el primer buque peruano, después de treinta años de tensión. Se trataba del Pachitea, que fue recibido por una cordial multitud en el muelle Prat.

El presidente Billinghurst hizo cuanto estuvo de su parte para renovar formalmente las relaciones con Chile. Por un lado, sus conflictos limítrofes con Ecuador y Colombia le aconsejaban arreglar cuanto antes el frente del sur. Por otra parte comprendía que cada año que Tacna y Arica pasaban en poder de Chile era un retroceso para la soberanía peruana en estas zonas, tan alegada en documentos y discursos. Como tercer elemento debe considerarse su recio espíritu americanista, que le hizo tan altamente respetado en el continente y tan impopular en su propio país.

Hacia 1915, fuera de los contactos oficiosos tomados con ocasión de la guerra mundial, las relaciones entre Chile y Perú continuaron radicadas en los cónsules y en las amistades personales de grupos determinados. En esta fecha, la Liga Estudiantil de Lima invitó a un Congreso Panamericano y los estudiantes de la delegación de Chile fueron espléndidamente recibidos. La generosa universalidad de la juventud quiso abrir así una etapa nueva en la amistad de ambas naciones. Pero el ambiente no estaba aún maduro.


Estos sucesos del pasado no parecen haberse diluido. Cien años después el Perú tiene presentada ante la Corte Internacional de la Haya, una demanda contra Chile por el diferendo marítimo con relación a la soberanía de las doscientas millas, surgido de acuerdos de pesca que Chile pretende darle calidad de Tratados.

La cancillería peruana, heredera de las lecciones del pasado repasa seguramente la sagaz política diplomática de don Melitón Porras Osores y la del general Manuel Varela Pozo.

Si bis pacem parabellum.


Fuentes:

Las citadas en el texto.

Historia de la República del Perú. Jorge Basadre. Tomo VIII. Ed. Universitaria; Lima-1983

Perú y Ecuador. Apuntes para la historia de una frontera. Felix Denegri Luna. Primera Ed. Lima-1996.

Nuestras vidas son los ríos... Historia y leyenda de los González Prada. Luis Alberto Sánchez. Fundación del Banco de Comercio. Lima-1986.

Luchas y victorias por la definición de una frontera. Tnte. Crl. E.P. Rómulo Zanabria Zamudio. Ed. Jurídica S.A. Lima, Perú-1996

Grabados:

INTERNET

Otras fuentes:

http://es.wikipedia.org/wiki/Augusto_Legu%C3%ADa

http://www.lablaa.org/blaavirtual/revistas/credencial/noviembre2005/guerras_peru.htm

http://www.google.com.pe/imgres?imgurl=http://3.bp.blogspot.com/_PRYngPaR4-8/SJUKCtZdh2I/AAAAAAAAAoU/i8RY9MsztKM/s320/eloyalfaro2cazatorpedobolivar9%2B1910.jpg&imgrefurl=http://faroportales.blogspot.com/2008/04/chile-y-la-misin-militar-en-punta-de.html&usg=__Ra_lfVhCYxVfEC024cPJennrfaQ=&h=225&w=320&sz=25&hl=es&start=49&um=1&itbs=1&tbnid=ybD8cRP-naG6nM:&tbnh=83&tbnw=118&prev=/images%3Fq%3D1910,%2Bperu%26start%3D36%26um%3D1%26hl%3Des%26sa%3DN%26rlz%3D1T4GUEA_esPE372PE373%26ndsp%3D18%26tbs%3Disch:1


(*) Publicado en Harun al – Rashid espacio de la literatura, narrativa y el ensayo
El miércoles 21 de julio de 2010

Pueden verlo en:
http://harumalraschid.blogspot.com/2010/07/1910-ano-del-asedio-al-peru.html

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