LO QUE NUNCA SE DEBE
OLVIDAR
Escribe: Jorge
Manco Zaconetti
Cada
27 de noviembre debemos recordar, conmemorar la victoria de Tarapacá frente a
un ejército chileno superior en armamento, logística, artillería, caballería,
que después de las batallas de Pisagua y del desbande de San Francisco, creía
que el ejército peruano estaba derrotado y era fácil de batir después de la
captura del monitor Huáscar.
Es
también la oportunidad de rendir homenaje a los soldados, plana menor, jefes y
oficiales que se batieron en esa histórica jornada, superando el desencanto,
defección, y traición de parte de las tropas bolivianas que bajo el mando de su
presidente Hilarión Deza se retiraron inopinadamente en el desierto en el punto
de Camarones, dejando de lado los planes diversos para enfrentar conjuntamente
al ejército enemigo.
Este
mandatario en lugar de asistir con lo mejor de sus tropas más de 3,000 soldados
con el reconocido batallón de Colorados, prefirió la deserción en plena marcha,
para regresar a La Paz, y Cochabamba. Este punto controversial sobre las
razones de esta retirada tiene varias explicaciones que van desde la decisión
de combatir la oposición interna hasta las presiones y maniobras distracciones
chilenas para esta desgraciada defección.
Todo
ello hace más épica la victoria de Tarapacá. Después de todo, fueron las
divisiones, hoy por su número serían batallones, los que destacarían en esta
célebre batalla. Formadas por provincianos como el 4º Ayacucho, los llamados Cabitos, los Cazadores
del Cuzco, los Guardias de Arequipa, Dos de Mayo y Zepita, sumados a la columna
Loa, formados por obreros bolivianos del salitre, los que vertieron su sangre,
ese 27 de Noviembre de 1879, donde prácticamente se combatió durante todo el
día, con avances y retrocesos, con actos
heroicos en las dos partes.
ANTECEDENTES A LA BATALLA
Nada mejor que citar fuentes chilenas para poder apreciar
el triunfo del ejército del Perú, ante la deserción de nuestro aliado, del
presidente Daza y sus tres mil soldados y que debió movilizarse desde Arica a
Tarapacá, para tomar por el norte y sur al engreído ejército chileno, ensorbecido
por la fácil victoria, en Pisagua, en razón de la aplastante superioridad
militar. Pues qué podrían hacer 900 peruanos y bolivianos con cuatro cañones
ante 10 mil soldados chilenos, movilizados en 15 transportes resguardados por
sus blindados que cañoneaban con ventajas el indefenso puerto.
No
se puede entender los alcances de la victoria en Tarapacá, sino se tiene
presente las consecuencias del desastre
militar de San Francisco o batalla del Cerro Dolores. No tanto por el número de
bajas del ejército aliado, sino por la desorganización puesta de manifiesto,
donde enardecidos soldados bolivianos de la compañía Illimani, queriendo lavar
la honra por la traición de su Presidente Hilarión Daza, iniciaron un fuego de
fusilería en la tarde del 19 de noviembre, cuando el combate se había
planificado para el día siguiente, con las tropas aliadas descansadas.
Así,
la desesperación, indisciplina de las tropas bolivianas y peruanas iniciaron un
combate que no estaba programado. En San Francisco según el gran historiador
peruano Jorge Basadre: “Las consecuencias... fueron transcendentales. El
ejército de Tarapacá quedó grandemente reducido, no por las bajas (calculadas
en 220 muertos y 76 heridas) sino por la dispersión de todas las fuerzas
bolivianas (cerca de 3 mil soldados) y de algunas unidades peruanas. Los
chilenos tuvieron, según Encina, 60 muertos y 148 heridos, casi el doble de las
bajas confesadas”.
Por
ello, la significación del desastre de San Francisco. “Todo el curso de la
invasión en el sur del territorio peruano habría sufrido un cambio
trascendental si no hay deslealtad en el aliado que suscitó la guerra y si no
surgen en seguida la participación y el atolondramiento en las fuerzas que
habrían caminado desde Iquique...”.
Es
en este contexto que se debe analizar la victoria de Tarapacá. Se trataba de un
ejército en retirada, que tenía como destino Arica. Un ejército sin alimentos,
con el sol ardiente y el frío de la noche, con heridos tenía que apostar en
Tarapacá. Más o menos 4,270 soldados y oficiales.
LA VICTORIA
Tarapacá
es una aldea situada en el fondo de una quebrada de 300 a 400 metros, dominada
por elevados cerros cortados casi a pico, que era muy ventajosa para aquel
ejército que dominase sus alturas.
Para
el historiador Vicuña Mackenna, el ejército de Tarapacá estaba conformado por
“Sus jefes que eran, por lo común sobresalientes (se refiere, sin duda, a los
jefes de división y de sus cuerpos). Sus oficiales mediocres. Su tropa, buena;
pero en general bisoña. La infantería de batalla digna de medirse con el
soldado chileno, la artillería, escasa y deficiente. La caballería miserable”.
Frente
al ejército chileno armado con rifles Comblain, y modernas carabinas Remington,
cañones de última generación Krupp de artillería de Montaña con una distancia
efectiva de más de 6 kilómetros, modernas ametralladoras Gattling y una
excelente caballería. A demás de estar bien abastecido y alimentado.
En
cambio, el ejército de Tarapacá tenía un armamento diverso, armados con rifles
Comblain, anticuados Chassepot, Remington, Peabody, el minié peruano, más 22
carabinas Henry para la caballería. A ello se debe sumar, la carencia de
logística, la falta de municiones y una dramática escasez de alimentos, que
reducía al mínimo las proteínas y calorías, en el infernal desierto de
Tarapacá, donde la temperatura en el día puede superar los 35 grados de calor y
en la noche las temperaturas descienden a 0 grados, con un frío inclemente.
Las
fuerzas del Perú, reponiéndose del desgaste, cansancio, provocado por el
desierto descansa en Tarapacá, pero una vanguardia de 1,400 soldados al mando
del coronel Justo Pastor Dávila es despachada el 26 de noviembre a Pachica
distante a tres leguas (13.3 Km.).
Por
lo tanto, yacen esa mañana del 27 noviembre 2,870 exhaustos, hambrientos, sin
artillería ni caballería, que fueron rodeados por más de 2,500 soldados
seleccionados, 150 de caballería y 150 soldados de artillería con 10 cañones
Krupp, que controlaban las alturas, y que prácticamente tenían encajonados a
los soldados del Perú, ¡Era la emboscada perfecta!
Sin
embargo, en esos momentos estelares de humanidad, aquellos en los que las
rápidas decisiones determinan la victoria o la derrota, el genio militar del coronel
Andrés Avelino Cáceres, formado militarmente por Don Ramón Castilla, sin
esperar órdenes superiores del general Buendía ni del jefe de estado mayor
Suárez, a la cabeza de sus hombres del Zepita y del Dos de Mayo, comenzó
ascender las cumbres donde estaba posicionado el enemigo, entablándose una
batalla que duraría desde las 9 de la mañana hasta las 17 horas, donde el
arrojo y valentía de soldados y oficiales era el denominador común en los dos
contendientes.
Se
obtuvo un triunfo táctico, que permitió la captura de prisioneros banderas,
cañones que fueron enterrados por no tener caballería. Se logró una victoria
que no se pudo aprovechar al máximo dadas las difíciles circunstancias de
supervivencia en pleno desierto. No se pudo exterminar al enemigo a pesar de lo
sangriento del combate, a pesar de los actos heroicos en los miembros de los
ejércitos contendientes donde no se deba y pedía tregua. Con la victoria
asegurada caída la tarde se tuvo que continuar la retirada hacia Arica,
llegando un ejército cadavérico el 17 de
diciembre, que atravesó el desierto y que también era perseguido por el enemigo
sediento de venganza.
Tal
como lo señala el comandante inglés del buque Alaska al describir la llegada
del ejército vencedor de Tarapacá, al jefe naval chileno Lynch:” (Que) Vio
llegar el Ejército de Tarapacá el 17 compuesto de 3,700 hombres en un estado
miserable, desnudos, y descalzos, que parecían cadáveres; la décima parte de
ellos sin fusiles. Los oficiales en burros o mulas sin monturas y frenos. Sólo
vio que llevaban dos banderolas y como sesenta o setenta prisioneros.” Gonzalo
Bulnes, Guerra del Pacífico Tomo I pp 386
Sobresalieron
en Tarapacá los héroes máximos de nuestra Patria: Andrés Avelino Cáceres, Francisco
Bolognesi, Alfonso Ugarte, Juan Bautista Subiaga, Manuel Suárez, Pastor Dávila,
Belisario Suárez, Miguel de los Ríos y tanto otros, conjuntamente con 236
muertos y 261 heridos, cuyos nombres deben ser recordados siempre como hace el
estado norteamericano en el cementerio de Arlington, donde se rinde homenaje a
todos los soldados que han peleado en todas sus guerras.
Sin
embargo, el héroe de esa jornada fue el soldado anónimo, que en el cementerio está
representado por el corneta Mariano Mamani y el soldado Manuel Condori, típicos
soldados andinos que salvaron el honor nacional ante tanta desgracia,
desorganización y traición.
El
significado para el ejército chileno de la derrota en Tarapacá lo expresan las
propias fuentes chilenas, que en palabras del máximo representante político en
el teatro de operaciones del sur como don Rafael Sotomayor cuando en carta
citada por el historiador Gonzalo Bulnes
en su clásico libro “Guerra del Pacífico” Tomo I , pp 389. Señala que: “Los 700
u 800 hombres perdidos en Tarapacá con 7 o 8 cañones y mucho armamento, se debe
en gran parte a esa servil adoración de
la táctica de Moltke, que falsamente se le atribuye a este capitán (Coronel
Vergara, comandante chileno en Tarapacá). Se quiso tener un Sedán, dar pruebas
de estrategia militar y se encontró un sepulcro inmerecido para nuestra tropa.
Tomar la retaguardia y flanco del enemigo y atacarlo de frente para obligarlo a
rendirse a discreción he ahí el plan. Les faltó sólo recordar que los prusianos
tomaban la retaguardia y flancos con cuerpos de ejércitos tan fuertes que eran
capaces cada uno de resistir al ejército enemigo…”
En
tiempos más recientes el general Augusto Pinochet, expresión de lo más rancio
del militarismo expansionista chileno afirmaba que “El desastre de Tarapacá
causó numerosas reacciones en el orden político, militar y social. La
culpabilidad se repartía en todos los escalones gubernamentales y militares, y
en medio del dolor por la pérdida de algún pariente afloraba el deseo de que se
aclarara el por qué se había producido este golpe después de obtener los
laureles de Pisagua, Germania, y San Francisco.” Guerra del Pacífico. Campaña
de Tarapacá pág. 205
EPÍLOGO
Tarapacá, nos debe hacer recordar siempre una de las
páginas más gloriosas del ejército peruano, donde se pudo vencer a un engreído
enemigo que gozaba con una superioridad geográfica, y bélica, sin embargo, la
gran moral de nuestros oficiales y soldados, pudieron brindar a la posteridad
una histórica victoria, que nos enorgullece por todos los tiempos, y que
debiera servirnos de ejemplo para alcanzar la unidad nacional, en el marco de
un proyecto nacional de desarrollo que nos permita combatir el atraso, la
pobreza y la corrupción. Por ello debemos rescatar y destacar siempre el
espíritu victorioso de Tarapacá frente a la adversidad. Después de todo ¡El
Perú es más grande que sus problemas!
Las enseñanzas de la Guerra del Guano y Salitre Pacífico y
de la victoria de Tarapacá, no se deben olvidar. Esta guerra estaba perdida
antes de iniciarse, no sólo por la grave superioridad de las armas de las
fuerzas chilenas y el apoyo inglés, sino por la desorganización del estado
peruano y la grave corrupción que sigue siendo un cáncer que caracteriza a los
distintos gobiernos del Perú Republicano.
Perdimos la guerra por la incapacidad de construir un país
moderno, con instituciones sólidas y democráticas. Por los manejos
indiscriminados del erario público con niveles de corrupción que perciben al
estado como botín, producto de la imagen de una riqueza guanera y salitrera que
duraría para siempre, por nuestra desorganización y desunión, por el militarismo
obstuso que fabrica caudillos que los convierte en pretorianos del estado.
Perdimos la guerra por el fraccionalismo
político que divide a los peruanos, olvidando la construcción de un proyecto
nacional de desarrollo al servicio de las grandes mayorías. Iniciado el siglo
XXI ¡No hemos aprendido nada!
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